Quiero dirigirme precisamente a los asuntos de la “verdad” (y su importancia temática a los principios de la segunda parte), las voces narrativas del Quijote, y la distinción entre la literatura y la historia en la novela. En cuanto a este polémico de la “verdad,” me interesa mucho cómo haya cambiado (o cómo se haya enfatizado otra vez) en la segunda parte la formalidad o “fidedignidad” de la voz narrativa de la novela. Cuando Sansón Carrasco informa al Quijote y a Sancho que la primera parte de su “historia” ha sido publicada, volvemos a ver una desconfianza española hacia Benengeli, el narrador moro que es (textualmente) la fuente última de la verdad (o la historia verdadera) de don Quijote. Y como dijimos en clase, la segunda parte ya ha complicado más la narración de la novela porque vemos que no sólo es Benengeli la única fuente de la verdad de la vida de Quijote como una figura histórica—es decir, después de la muerte del caballero andante—sino también es el autor de la reputación de Sancho y el Quijote mientras que estén vivos. Benengeli, entonces, tiene control no sólo sobre la memoria de ellos después de su muerte, sino también de sus reputaciones; después de la publicación de sus primeras aventuras, ellos no pueden escapar el legado que Benengeli les ha dado.
También se complica el asunto de la verdad, y su relación con la narración, en un pasaje clave entre don Quijote, Sancho, y el bachiller Sansón Carrasco. Afirmando que no es necesario que la historia cuente todas las desventuras del caballero y el escudero, Quijote dice que “[t]ambién pudieran callarlos por equidad […], pues las acciones que ni mudan, ni alteran la verdad de la historia, no hay para qué escribirlas si han de redundar en menosprecio del señor de la historia. A fee que no fue tan piadoso Eneas como Virgilio le pinta, ni tan prudente Ulises como le describe Homero” (455).
Aquí hay uno de los asuntos básicos de la novela: las distinciones—y las intersecciones—entre la literatura y la historia. El lector se da cuenta inmediatamente que Eneas y Ulises sí son tan piadosos y prudentes como sus autores los describen—pero específicamente porque son personajes fabulados que no reflejan (por completo) la realidad. Y interesantemente, la respuesta de Sansón muestra esta distinción: “uno es escribir como poeta,” dice Sansón, “y otro como historiador. El poeta puede contar o cantar las cosas, no como fueron, sino como debían de ser, y el historiador las ha de escribir, no como debían ser, sino como fueron, sin añadir ni quitar a la verdad cosa alguna” (455).
Por cierto, esta distinción articulada por Sansón entre la poesía (o la ficción) y la historia—la “verdad”—es elemental en varios niveles. La incapacidad del Quijote, por ejemplo, para distinguir entre la literatura (los libros de caballerías) y la historia (o la “verdad”) forma la base de la trama (y la comedia) de la novela. Y, por supuesto, la novela misma afirma ser una historia, y no una novela. Vemos, entonces, que la novela intenta confundir las distinciones entre la historia y la literatura. A lo largo del libro, los libros de caballerías se mencionan en la misma frase de una verdadera figura histórica (pensar en los capítulos en que aparece el canónigo). La mitología clásica y los cuentos (o parábolas) bíblicos presentan ejemplos particularmente interesantes aquí. Se puede decir que la mitología griega, por ejemplo, tiene una importancia tan grande en la cultura occidental, tanto en tiempos de Cervantes como hoy en día, que los mitos de Aquiles y otras figuras de ficción parecen casi tan reales como los autores que los inventaron. Y además de mezclar la historia y la ficción textualmente, Don Quijote también fusiona estas dos formas intertextualmente, ya que Cervantes usa fuentes históricas y de ficción intercambiablemente.